He sido testigo en primera persona de la campaña contra la risa y el buen humor; porque recibí más coscorrones y castigos por reírme que por cualquier otra “falta” que haya podido cometer en la infancia y adolescencia. Ello unido a que, por una malformación congénita en mis maxilares, no podía cerrar la boca, y al cesar la carcajada, mis mayores quedaban con la sensación de que yo continuaba riendo, de manera que discrecionalmente me hice acreedora de algunas sanciones adicionales.

Como ya sabemos el buen humor y su principal síntoma que es la risa, han sido históricamente objeto de críticas peyorativas, al punto de que a quienes practican la prostitución se les ha denominado como: “de la vida alegre” con la intención de desprestigiar la alegría.

Mientras que a la sonrisa se le ha tildado de casquivana, y a la risa de vulgar e indecente.

Afortunadamente,  a partir de la segunda mitad del siglo XX, se ha venido desarrollando una tendencia tanto científica como esotérica y exotérica dirigida a promover la alegría para tener una sociedad más feliz y saludable, porque la risa y la sonrisa estimulan la activación de neurotransmisores que son secretores de substancias que favorecen la felicidad en diferentes formas, además estimula el buen humor que a su vez, nos hace generosos, amorosos, empáticos, resilientes y agradecidos, atributos que corresponden a la felicidad.

Como ves, todo es ganancia cuando rescatas y disfrutas tu buen humor, porque además te sentirás con el optimismo de quien espera que le ocurran cosas buenas, aun sabiendo que le pueden ocurrir algunas no tan buenas; siempre con la seguridad de que si se le presentan las primeras las disfrutará, y si son las segundas las superará.